El avance tecnológico que representó
la existencia de las ecografías como método
diagnóstico y de detección precoz
del sexo y su popularización lo pusieron
al alcance de una población no sólo
preocupada por la salud del bebé, que podía
ser diagnosticada por exámenes genéticos
(la amniocentesis y más recientemente el
de vellosidades coriónicas) sino también
desafió la curiosidad de miles de humanos
de develar un misterio que acaso fuese sólo
"privilegio de brujas, dioses o ángeles".
Algunos por cábala prefirieron mantenerse
en la ignorancia, como si comer del fruto de la
sabiduría los expusiera a terribles designios
de retaliación divina.
Otros tuvieron que resolver el conflicto que suscitaba
que un miembro de la pareja "quisiera saber" y el
otro prefiriese ignorar el sexo del por venir. Nacieron
alianzas cómplices entre los que sabían
e ignoraban, claves para nombrar a eso indefinido
que se esperaba.
Y si la información quedaba en exclusivas
manos del médico, se reforzaba el poder que
de por sí él detenta una vez más
como toda autoridad en todo lo que de la vida y
de la muerte se trate.
No fue poca mi sorpresa cuando participé
hace algunos años en una feria dedicada a
futuros padres y bebés, en el centro de exposiciones
del predio de Palermo, y observé como una
interminable cola de parejas esperaba impaciente
el resultado de un diagnósitco femenino o
masculino, que gratuitamente y por ecografía,
ofrecía uno de los stands.
Alegrías, frustraciones, desconcierto se
escapaban de esos ojos que, papel en mano limitaban
ese inmenso universo de un ser en sus posibilidades
femenina o masculina.
Acaso fue sincera aquella confesión de una
embarazada de uno de los grupos de reflexión,
que se suceden a la experiencia de trabajo corporal,
relajación y visualizaciones que realizamos
en nuestro Centro, que ignorar el sexo de su bebé
era poseerlo todo en su interior, concretar la fantasía
de llevar en sus entrañas la totalidad femenina
y masculina. En este caso, el saber le restaría
más de lo que obtendría.
Sólo ese estado de sabia ignorancia podrá
conectarla durante nueve meses con la omnipotente
ilusión de ser todo, haciéndola capaz
de desafiar hasta el mismísimo miedo a la
muerte.
Hoy sabemos, que la determinación del sexo
no es una fantasía de la ciencia ficción
sino una temible realidad de la ingeniería
genética.
El equilibrio de la naturaleza ha regulado sabiamente
la proporción de hombres y mujeres que pueblan
nuestro planeta. De todos modos, intereses económicos,
designios culturales y actitudes discriminatorias
hacia uno de los géneros amenazan permanentemente
esta libre y natural distribución de genes
X Y.
Pasa por nuestra mirada una mujer embarazada. La
pregunta llega inexorablemente: ¿qué
preferís nena o varón? y la respuesta
casi siempre es: "me da igual, mientras sea sanito"
Debajo de esta respuesta descubrimos muchas veces
deseos, prejuicios, supersticiones, miedos no expresados.
Una mirada menos ingenua nos dispone a escuchar
que hay un deseo inconsciente del sexo del hijo
que esperamos, que la mayoría de las veces
ni queremos confesarnos a nosotros mismos. No vaya
a ser que el niño/niña que llevamos
dentro, pueda sentirse rechazado si no coincide
con nuestra expectativa.
Hay un psiquismo fetal que estamos descubriendo,
dotado de una memoria que todos llevamos impresa
y que registra energéticamente nuestro ser
más profundo.
Para algunas culturas orientales, desde mucho antes
de la concepción y en ese mismo instante,
el espíritu de ese ser nos elige como sus
padres para materializarse como persona a través
nuestro. Por lo tanto, no le ocultamos nada.
Hacer concientes nuestras preferencias sea tal vez
la mejor vía, para poder luego aceptar la
presencia del ser que hemos atraído a nuestra
experiencia concibiéndolo, gestándolo
y pariéndolo. Tal vez, venga a enseñarnos
aquello que nuestra conciencia aún no ha
descubierto.
Cuando estimulamos a la pareja a reconocer su expectativa
preferencial de sexo, le estamos posibilitando conectarse
con el significado que determinado género
representa para ellos, por su historia familiar,
individual, de pareja y por diversas situaciones
sociales y culturales que les son propias.
Si se prefiere determinado sexo por ser éste
poseedor de una cualidad que se supone falta en
el otro, habría que revisar si desarrollar
esta misma energía femenina o masculina privativa
de uno de los géneros en el otro no podría
ser el desafío en esta aventura de ser padres.
Por ejemplo, a veces escuchamos que una embarazada
desea una nena porque suelen ser más compañeras,
sin pensar que un varón con sensibilidad
también puede serlo. El modo en que desde
la panza nos comunicamos con nuestros hijos va construyendo
su identidad.
Los estereotipos en relación al género,
nos llevan a usar determinados códigos en
los mensajes que emitimos, según nuestro
destinatario sea imaginadamente varón o mujer.
Así, alguien se refiere a los movimientos
del bebé dentro de la panza como el patear
en la cancha de un exitoso goleador de futbol, si
lo concibe varón; en cambio los interpreta
como las inquietas ondulaciones de una bailarina
del Bolshoi si se trata de una nena.
Vozarrones de padres orgullosos que le hablan al
futuro macho a través de la panza para que
crezca fuerte y valiente, condicionan tal vez nuestra
lábil escucha del bebé, que dará
su vida por responder fielmente a ese mandato.
Basta hacer la experiencia de pasear por la calle
un cochecito con moños rosados o celestes
para comprobar como las respuestas no son sólo
diferentes sino diametralmente opuestas.
El juego aparentemente ingenuo del Martín
Pescador que jugábamos de niños los
de mi generación, me permitió movilizar
a un grupo de profesionales que se forman como sexólogos
en CETIS y con los que desarrollo hace años
un intenso trabajo corporal.
Un trencito formado por hombres y mujeres deben
atravezar un puente formulando la pregunta: "Martín
Pescador ¿me dejará pasar?". La elección
que deben efectuar los pasantes ya no es entre frutilla
o chocolate como en el juego tradicional, sino entre
hombre o mujer según consideran fueron deseados
por sus padres como niñas o niños,
deseo cuya información han obtenido por relatos
familiares o surgida de las fantasías alrededor
de su propia historia.
Hombres colocados en la fila de la mujer y mujeres
detrás de la correspondiente al varón,
revelan a través de este juego la manera
en que nos hacemos cargo de la expectativa materna-paterna,
muchas veces respondiendo hasta en la elección
de la profesión a estos mandatos.
"Como primogénito esperaban de mi un varón",
"como ya tenían un nene esperaban la nena",
"querían la parejita", "otra chancleta",
"familia de ingenieros", "M'hijo el dotor", "quisiera
una nena, pero si es varón mejor porque en
la familia de mi marido esperan continuar el apellido",
"prefiero un nene porque en nuestra sociedad las
mujeres sufren discriminación", etc. etc.
etc. ¿No serán todas estas peculiaridades,
de uno y otro sexo, intercambiables?.
Nos enfrentamos al nacimiento de un nuevo ser, una
persona que integre sus energías masculinas
y femeninas, que construya desde la concepción
una identidad de género enriquecida por la
experiencia que en la historia de nuestra humanidad
han asumido alternativamente hombres y mujeres.
Las paredes de nuestra nursery tienen colgadas obras
de pintores, que rescatan al hombre y a la mujer
en actividades cotidianas consideradas culturalmente
exclusivas de un género y no apropiadas para
el otro. Asi vemos por ejemplo un hombre dando la
mamadera a un bebé, mujeres cambiando una
goma del auto, nenas alzando un martillo o manejando
un tractor y varones jugando con muñecas.
¿Dioses? ¿Diosas? ¿A imagen de quién
fuimos creados?
Lic. Viviana Tobi
info@tobinatal.com.ar