El 25 de julio de 1978 nacía
Louise Brown la primera “bebé de probeta”,
convirtiéndose en uno de los logros médico-científicos
más importantes de la segunda mitad del siglo
XX. Este nacimiento fue particularmente “feliz”
porque sentó las bases para el desarrollo
clínico de la medicina reproductiva, que
diera lugar al nacimiento de un estimado de 4,3
millones de bebés en el mundo.
Pero esto que denominamos de “feliz nacimiento”
no estuvo ajeno a controversias, idas y venidas,
falta de financiación y situaciones de preconceptos
que, entre otras cosas, sólo resultó
en demoras en la obtención de resultados
satisfactorios y concluyentes.
En su última publicación, la revista
científica Human Reproduction revela que
las investigaciones de los británicos Robert
Edwards y Patrick Steptoe, científicos que
hicieron posible el nacimiento de Louise, se vieron
repetitivamente obstaculizadas por tecnisismos y
preconceptos. Trabas que provinieron tanto de parte
de la burocracia inglesa así como de la comunidad
médica más conservadora que entendían
que tanto Edwards como Steptoe no tenían
el "pedigree" suficiente: "Steptoe
provenía de un hospital secundario del norte,
mientras que Edwards, aunque era de Cambridge, no
era profesor ni estaba médicamente cualificado".
Finalmente recurrieron y recibieron financiación
y apoyo privados. Paralelismo absoluto con lo
que ocurriera con la "píldora anticonceptiva”
que recibió principalmente apoyo privado
para su desarrollo e investigación.
Hasta hoy se creía que el Consejo de Investigación
Médica (MRC) de Gran Bretaña
- organismo gubernamental responsable en la distribución
de fondos para proyectos médicos- había
rechazado el proyecto en 1970 por cuestiones de
simple burocracia. Sin embargo, a partir de ahora
quedó claro que otros factores entraron en
juego y tuvieron peso suficiente como para rechazar
las propuestas.
Lo revelador es que 32 años más tarde
y un océano de por medio no podemos dejar
de trazar semejanzas con nuestra realidad.
El trabajo de Edwards y Steptoe fue revolucionario
en muchos sentidos, entre otras cosas, porque a
partir de allí el eje central de la ciencia
de la reproducción dejó de ser el
control de la natalidad, para pasar a fomentarla.
Y la falta de visión del MRC tampoco nos
es ajeno. En numerosas ocasiones, el estado
no asume un compromiso ni direcciones claras respecto
de su rol en medicina reproductiva; las secretarías
y agencias de financiación encuentran muy
difícil dar crédito a líneas
de investigación que se pueden percibir a
priori como controvertidas. A nivel legislativo
seguimos discutiendo si la infertilidad es o no
una enfermedad (¿qué duda cabe?) y
de qué manera podría entrar y hasta
dónde en el PMO. Lo importante en todo
esto es discutir desde el conocimiento y con la
valoración adecuada de estas técnicas,
no limitándolas, sino apenas otorgándoles
el marco legal adecuado.
Muchas veces las tecnologías innovadoras
se perciben de forma ambivalente, especialmente
aquellas relativas a la reproducción humana
olvidándonos de los beneficios a futuro.
Estudios sobre las técnicas de estudios genéticos
de preimplantación embrionaria (DPG), sobre
células madre y biotecnología se siguen
viendo como puramente experimentales obviando su
potencial terapéutico.
La ecuación es simple. No deberíamos
alejarnos del foco, lo que motiva la investigación
y el progreso: a final de cuentas la intención
es mejorar nuestra calidad de vida. Hoy Louise formó
una familia propia y es madre de un varón
de 3 años de edad que fue concebido naturalmente.
¡Feliz cumpleaños Louise!
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