| Si
tenemos que resumir la historia de la obstetricia
en algunos pocos hitos hemos de resaltar por un lado
la aparición de los instrumentos que se usan
en la atención y por otro destacar el cambio
de posición para parir que le fue impuesto
a la mujer en los albores de la obstetricia científica.
La utilización de esta práctica es una
decisión que define un modelo de atención,
que desvía su mirada hacia la consagración
de la mujer como "objeto" del trabajo médico.
Esta posición es la que define todo el carácter
del vínculo asistencial: una mujer acostada
en decúbito dorsal con sus muslos y piernas
flexionados y sostenidos por encima de ella, atados,
y declarando su inmovilidad.
Ya desde el antiguo Egipto nos llegan los testimonios
grabados de las mujeres arrodilladas sobre piedras
o ladrillos sagrados, o bien acuclilladas, como antecedentes
de las sillas paridoras que se usaron por centurias
desde el mundo grecorromano hasta avanzados los siglos
XVII y XVIII. Aquí se produce la aparición
en la escena del parto de un nuevo representante social;
el médico, en la habitación y en la
intimidad, portando en sus manos los primeros instrumentos
y con un naciente discurso científico y deshumanizante,
desplazando a la comadrona y al padre.
Al imponer la posición acostada, el médico
diseña la facilitación de su tarea.
Puede dar órdenes que serán obedecidas.
Pierde importancia el mundo afectivo de la mujer.
Ya no está ella buscando distintas posiciones
según sus necesidades, no puede hacerse sostener
por una amiga, por su pareja, alentada y protegida.
Acostada, expuesta y vulnerable, ya no será
el médico quien se inclina a sus pies para
recibir al niño.
Han transcurrido muchos años desde aquellos
acontecimientos, que han sido marcados por la evolución
del conocimiento y la resolución de numerosas
dificultades que atentaron contra la salud de la madre
y del niño en el momento del parto y del nacimiento.
Pero poco se ha prestado atención al estilo
imperante de atención obstétrica y al
abuso de prácticas que muchas veces por su
uso inadecuado, producen problemas y un claro perjuicio
para los requerimientos de satisfacción que
un buen número de mujeres reclaman para esta
experiencia vital de su existencia.
La inmensa mayoría de los obstetras insisten
hoy en día en la imposición de la litotomía
como posición excluyente de la madre para parir,
sin ninguna reflexión sobre lo que vive y siente
cada mujer, y obligando al niño por nacer,
en el recorrido por el canal del parto y su curvatura,
que nazca hacia arriba. Como se asevera en numerosos
libros de la especialidad y muchos obstetras sostienen
en su práctica diaria, la litotomía
es la posición más satisfactoria, la
mejor, porque la mujer acostada con sus piernas colgadas
está en la posición ideal que favorece,
para quien la atiende, resolver cualquier complicación,
efectuar (por rutina) intervenciones obstétricas
(monitoreo fetal continuo) y conservar pautas de esterilidad.
¿Pero
quién considera la situación de la mujer?
¿Se le pregunta si es mejor y más satisfactoria
para ella?
La biología no ha previsto que la mujer durante
su trabajo de parto permanezca acostada. Puede moverse
y cambiar de posición las veces que lo necesite
y quiera. Esta movilidad de ninguna manera compromete
el bienestar fetal. Esta es la condición de
la inmensa mayoría de las mujeres, que usando
los códigos médicos, se encuentran en
situación de bajo riesgo.
La utilidad de sostener esta posición para
la mayoría de las mujeres se expresa por ejemplo
en la utilización casi sistemática del
control electrónico de los latidos fetales
con la presencia de los cinturones ceñidos
a su cuerpo y obligándola a estar acostada.
Es decir que la "posición" de la
madre es un procedimiento médico, una intervención
médica; que responde a criterios precisos de
organización, sujetos a la ideología
vigente.
La posición acostada de espaldas es la peor
posición que pueda concebirse para el trabajo
de parto y el parto. Entre los problemas enumerados
desde el punto de vista fisiológico se destacan
los siguientes:
a) la compresión de los gruesos vasos sanguíneos
dorsales interfiere con la circulación y disminuye
la presión sanguínea con la consiguiente
disminución de la oxigenación fetal.
La actividad contráctil uterina tiende a ser
más débil y menos frecuente, y la necesidad
de pujar se torna más dificultosa debido al
esfuerzo mayor al no estar favorecida por la fuerza
de la gravedad. El descenso más lento incrementa
el uso del fórceps.
b) El coccix es comprimido contra la cama de parto,
que lo fuerza hacia delante, estrechando la salida
pélvica, con la mayor dificultad y alargamiento
de la expulsión.
c) La compresión nerviosa, por la presión
ejercida sobre las piernas colgadas en los estribos.
d) La ausencia de una efectiva y sostenida presión
por parte de la cabeza fetal sobre el periné,
no permite una eficaz y pausada distensión
del mismo, con la consecuencia de una necesidad compulsiva
de realizar una episiotomía que sería
innecesaria.
e) El carácter de procedimiento de intervención
de la posición de litotomía se completa
con anestesias peridurales e infusiones de ocitocina
rutinarias que agregan dificultades inherentes a esos
procedimientos
f) Estas consideraciones biológicas y fisiológicas,
son aún insuficientes para entender la más
vasta repercusión sobre la vida afectiva y
emocional de cada mujer, que atraviesa la experiencia
del parto y el nacimiento de su hijo, y el impacto
que tienen estos aspectos íntimamente ligados
a su sexualidad.
El
parto es un acontecimiento complejo en el cual intervienen
múltiples variables que no pueden interpretarse
desde un único discurso médico, sino
que debe contemplar y complementarse desde las perspectivas
antropológica, psicológica y social.
Es un acontecimiento cargado de emotividad, una escena
cargada de simbolismos y de prejuicios, cuando no
de ansiedad y angustia, en donde se entrecruzan, la
sexualidad, la vida y la muerte; por lo tanto compromete
a una diversidad de asistentes profesionales. Estamos
frente a un evento biopsicosocial por excelencia.
Pero la medicina aplica un mecanismo de racionalización
que reprime aquellos aspectos psicosociales y no biológicos,
que no se sujetan al orden médico-social establecido.
Así la medicalización del parto tiene
en el control de la posición y la posesión
corporal del sujeto-persona-mujer uno de sus paradigmas
más claros.
No hay un solo estudio que se proponga la posibilidad
de interrogar y relevar el grado de satisfacción
que esta intervención médica determina
en la mujer y que tenga en cuenta las reacciones emocionales
de las mismas.
Este modelo de medicalización (transformación
del hecho afectivo y social de parir y hacer nacer
en un acto médico conducido y plagado de intervenciones),
se sostiene y afirma en otros dos aspectos que caracterizan
y ponen valla a la catarata emocional y física
que irrumpe continuamente en la mujer durante su parto.
Uno de ellos es la despersonalización de la
parturienta transformada en un "objeto de trabajo",
un "campo de trabajo", rendida en su condición
de "paciente", acostada inmóvil y
obediente a las prescripciones del "personal".
En esta condición se somete al "torrente
animal" de movimientos y sonidos que pulsan internamente
por encontrar cauce en su cuerpo "amordazado".
La experiencia de desintegración y pérdida
de control resulta intolerable e inmanejable. Un cuerpo-objeto
despersonalizado es dócil a la exigencia médica.
El otro aspecto de enorme relieve es el que compete
al atributo por excelencia de esta experiencia, que
es el sexual. La des-sexualización en la negación
de la carga sexual del parto, asimilándola
a una operación médica "esterilizada".
Si afinamos la mirada, tenemos un objeto dentro de
un objeto; el "objeto de trabajo" en el
cuerpo de la mujer es su aparato genital.
Si reconocemos en el parto un acto sexualizado e íntimo,
la participación que tengan otras personas
o los profesionales en el mismo, deberá respetar
ese momento, tomando en cuenta el lugar distinguido
y protagónico que tiene la mujer en el escenario
del mismo.
El conocimiento sexual del propio cuerpo le permite
a cada mujer elegir en mejores condiciones, qué
posición puede facilitarle el período
expulsivo. La posición vertical, patrón
de nuestros comportamientos sociales vinculares, permite
a cada mujer estar en un plano de igualdad espacial
frentre a los otros asistentes con los que interactuará
simétricamente.
Dr.
Carlos Burgo
Ginecólogo - Obstetra
cburgo@fibertel.com.ar
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